Hace 20 años y acababa de perder a José:
Me he acostumbrado a responder amablemente a los que por la calle me preguntan, -señalando groseramente mi vientre- "éste es el..." y ...cuántos abortos?. Y me sigo entrenando para mantener esa sonrisa para cuando, una vez facilitada toda la información requerida, tengo que someterme a toda una variedad de amonestaciones o, lo que a veces es peor, de elogios que vienen a continuación. Muchas veces me he preguntado, cuando el que me riñe tiene uno o dos hijos, qué respondería él, o más bien ella, si yo le preguntara el por qué de su egoísmo, si no cree que serían más felices sus hijos con un hermano, si no demostraría más amor a su marido si su entrega fuera incondicional, para todo lo que el destino tenga a bien depararles?. Me imagino su indignación y su justificada respuesta: Quién soy yo para entrometerme en su vida privada?. Y acaso, no es tan privada mi vida como la suya?. Pues no, no acierto bien a comprender el motivo pero debe tener raíces sociológicas, debe ser un tributo que tenemos que pagar las familias numerosas por ser más ruidosas y ocupar más sitio. Pues bien, aceptado y luchemos por mantener la sonrisa porque no es bueno contestar como aquel compañero mío, también padre de familia numerosa, que a un amigo jocoso que comparó a su mujer con una coneja, respondió que la suya debía ser una zorra.
Yo no paro de dar gracias a la Providencia porque cada hijo, aunque no haya traído una hogaza debajo del brazo, me ha abierto nuevos horizontes, me ha ayudado a preocuparme de lo que realmente importa y me ha enseñado a aprovechar el tiempo y las circunstancias. He experimentado en mis propios huesos, que después de cada muerte existe una resurrección, tanto más gozosa cuanto menos interesada haya sido la caída.
Cuando creía que los hijos eran míos y que mi fragilidad tenía que soportar su peso y mi limitada cabeza decidir su número, llegó a pesar sobre mi ánimo ver a cuatro o cinco mocosos que cabían en un cesto. Pero entonces se produjo el milagro; el que hubiera sido el sexto de mis hijos murió al nacer. Aquello, lejos de hundirnos a mi marido y a mí, nos abrió nuevos horizontes: los hijos no eran propiedad nuestra, teníamos respecto a ellos muchas obligaciones, pero muy pocos derechos, y en mi ánimo se produjo la liberación que experimenta el buen administrador, que hace lo que puede, pero sin garantizar el resultado.
Convaleciente de la cesárea que me practicaron para intentar salvar aquella vida, salí a la calle con más ánimo de lo que pudiera esperarse. Personas, que probablemente no sepan mi apellido, se acercaban a decirme que ya habría aprendido, que era una señal... quién eran ellos para meterse en mi vida?, quién les había dado vela en este entierro?, por qué personas que hubieran tenido una exquisita delicadeza con quien acabara de someterse a un aborto voluntario se ensañaban conmigo, que, evidentemente, después de nueve meses de embarazo, un parto traumático y una cesárea infructuosa, tenía que estar para el arrastre?.
Pues bien, vaya también para ellos mi sonrisa, evidentemente no aprendí, se sucedieron otros embarazos y otros partos, pero sí aprendí a responder a quién me preguntaba cuántos más piensas tener? con un "no sé, al menos este que estoy esperando confío en que nazca". Y es que mis hijos tienen una gran ventaja, ninguno de ellos ha sido proyectado, y, por tanto, no tienen sobre ellos la losa de un futuro planeado, su padre y yo sólo esperamos que respondan a lo que Aquél que es su Dueño espere de ellos y darles la capacidad necesaria para que puedan cumplir su destino.
En fín, que menos podemos hacer los padres de familia numerosa que ser comprensivos con los que, por imposibilidad o por egoísmo, no han llegado a conocer la realidad, gozosa, a veces, y dolorosa otras, en que vivimos. Pero tampoco seamos crueles enorgulleciéndonos de lo que no depende de nosotros, he conocido "madres" sin hijos que tienen bien merecido el título porque en su corazón cabe una humanidad.