
El feminismo nació a mediados del siglo XIX para denunciar la situación de injusticia y discriminación que sufría la mujer. Sus postulados de igualdad de oportunidades laborales, educativas, sanitarias, políticas deben ser hoy mantenidos y defendidos en aquellos paises donde aún no se cumplen y extendidos no solo a las mujeres sino a los niños y a los varones que sufren un trato vejatorio por cualquier motivo. Pero el desenfoque de aquellas primeras feministas fue el entender que lo que esclaviza a la mujer es la familia. La organización patriarcal de la familia del momento en que surgió el feminismo determinó un sometimiento de la mujer al dominio del hombre, pero lo esclavizante era aquella estructura de dominio y no la familia en sí.
El error del movimiento feminista ha sido tomar como modelo al hombre, al varón, y proponer a la mujer renunciar a ser ella misma, a su maternidad, a su entrega en la familia. Después de tantos años de lucha, de tan buenos comienzos, el desenfoque del feminismo ha convertido a la mujer en una esclava distinta. La mujer con la ayuda de la ciencia se ha liberado de su maternidad, pero la historia de muchas mujeres, no la teórica sino la real, nos revela que la mujer, muchas mujeres, se han convertido en objeto de consumo, cierto es que consumidas en ocasiones por ellas mismas; eso ¿hace mas libre o más esclavo?.
El auténtico feminismo, el que propongo, es el de la igualdad de derechos y oportunidades, que responde a la igual dignidad de las personas, sean varón o mujer, pero reconociendo la peculiaridad propia de cada uno, en este caso de la mujer, su capacidad de entrega a los hijos, su insustituible papel de educadora, el reconocimiento y la valoración de la maternidad en la sociedad actual, tan necesitada de madres.
Una vez demostrado que damos la talla según la medida de los hombres, que nuestra feminidad no obstaculiza acometer grandes empresas en el mundo laboral, político, científico, etc., que ese mundo también es nuestro mundo, vamos a ver si somos capaces de humanizarlo y de dar la talla a la medida de las mujeres. Renunciar a la maternidad, considerarla esclavizante es tremendamente machista y denigrante como mujer.
Trabajo con hombres y con mujeres, tengo hijos e hijas y he experimentado a través de 51 años de vida que cada persona es distinta, idéntica solo a sí misma, pero las mujeres, por lo general, somos mas intuitivas, capaces de reconocer y entender a las personas y, por ello, mas proclives a la entrega porque para querer hay que conocer. El corazón de madre se revela no solo en las mujeres que hemos tenido hijos sino también en todas aquellas que acogen maternalmente a los hijos de los demás en una actitud de entrega que tiene aureola de heroicidad, a las que admiro profundamente.
Nuestra misión en el mundo es humanizar, también la del hombre, por supuesto, pero cada uno según su propia peculiaridad, sus capacidades, su ser, modalizado en su naturaleza masculina o femenina.
Reconocer el valor de la maternidad y exigir que se respete es nuestro reto, de hombres y mujeres.