
¿Qué ha sucedido entonces?. …de lo que estoy segura es que el divorcio no es la solución.
Las crisis en el matrimonio, y en la vida en general, son frecuentes, se producen cuando existe un cambio muy marcado en algo, pero no tienen por qué ser una hecatombe, podemos aprovechar las crisis para mejorar el matrimonio.
Es imprescindible en el matrimonio que los sujetos que lo contraen tengan un grado de madurez suficiente, que sean libres, en el sentido de que se autoposean porque el matrimonio como relación de unión exige entrega de sí mismo y si el sujeto individual es esclavo de vicios, pasiones o trastornos psicológicos, en suma si carece de libertad, no puede autodonarse al otro. Nadie da lo que no tiene y la autodonación presupone autoposesión. Pero con este presupuesto cualquier obstáculo es superable. Sin embargo tenemos que tener en cuenta que ese amor que surge de nuestra carne, ese enamoramiento por el que nos sentimos naturalmente inclinados al amado, se convierte con el “SI QUIERO” del matrimonio en compromiso. Los cónyuges, porque lo son deben realizar las obras comprometidas, deben poner los actos adecuados para la vida conyugal, y deben hacerlo teniendo en cuenta que la persona es una unidad; todos los actos de su vida deben estar empapados de conyugalidad y todos deben ser actos familiares. No estamos simplemente ante una pareja, que se caracteriza porque existen entre los sujetos que la componen relaciones recíprocas, y la pareja subsiste mientras esas contraprestaciones satisfacen a cada uno de los sujetos individuales; en cuanto se rompa la ecuación, si a uno de los dos no le compensa el cambio –la crisis- la pareja se destruye. Pero en el amor conyugal hay una tercera dimensión que coexiste con las otras dos y se superpone a ellas, es “la unión conyugal”. Se trata de un deberse su ser y obrar como proyecto cobiográfico, un proyecto de vida en común, que genera una manera de vivirse unidos, un adentramiento amoroso hasta la intimidad “desnuda” de los amantes. El grado de penetración en esa cointimidad, el don y el acogimiento entero y sincero determinará una compenetración íntima. De la unión de los esposos surge algo nuevo y distinto a los sujetos individuales que lo constituyen, cuyos intereses deben prevalecer sobre los individuales de los sujetos.
El amor de los así conyugados es capaz de desprenderse de lo cíclico, no envejece porque ha alcanzado un grado de espiritualización capaz, como dice el profesor Pedro J. Viladrich de ser “un principio de vida que no se pasa entre lo que nos pasa y se pasa”, capaz de irradiar unión.


